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miércoles, 17 de diciembre de 2008

Cotidianos



Y aquí está, el libro "Cotidianos" de Luis Vea García. Le prometí un comentario, pero prometí una cosa difícil. ¿Qué decir de unos relatos que me parecen magníficos precisamente por su cotidianeidad? Todos los relatos te atrapan desde el primer momento y el libro se lee de un tirón. Para definirlo diría tres palabras: un libro sincero.


Y me permito poner aquí unos párrafos de uno de sus relatos que se titula: "El mar lamía sus pies"



"La campana de la iglesia tocaba, con ese tañido lastimero, inundando de sonido los espacios. En la playa aguardaban las barcas, embebidas de tripulaciones. Unos empujaban las naves para echarse pronto a la mar, otros apuraban la puesta en marcha de los motores. Las olas arreciaban con fuerza, lamiendo la costa a brochazos, casi devoradores por su intensidad. Un niño contemplaba absorto la furia de las aguas mientras el horizonte despuntaba junto al sol. Y bañada por las olas, como reflujo de algo que viene y que va, encontró una gorra de capitán de la marina mercante y la contempló sin saber de los anhelos y emociones de un niño que, como él, años atrás, mirara el mar del mismo modo. El mar lamía sus pies, mientras, con las manos, el niño sostenía lo que en algún momento perteneció a otro. Las aguas se llenaron de barcas y el horizonte las recibió con su habitual sonrisa tan rectilínea, tan quieta... en tanto las olas traidoras mecían sus volúmenes, burlándose de la osadía del hombre."

Y este relato me recuerda a uno de mi libro: "Luna de cristal" y que titulé: "Hechizo" Así que ahí lo dejo.

Hechizo

El joven, de cabellos castaños y ojos color de aceite, lleva un arete plateado en el lóbulo de la oreja izquierda. Sonríe tristemente con una sonrisa que pone hoyuelos en sus mejillas.
Entra por el paseo, se dirige al acantilado y allí mira hacia los espigones que abrazan el puerto. Es un puerto antiguo de una aldea pesquera. Sus calles angostas serpentean entre las casuchas grises que, encaradas al mar, se extienden a lo largo de la costa y terminan en un tramo de mojones de madera podridos, con una costra de sal seca por encima.
Los muelles, abandonados y salpicados de guano, se internan en el mar. Un pequeño lugre de vela blanca navega escorado. El aire es salobre y algunos peces muertos cabecean contra las rocas.
El muchacho sueña con campos soleados impregnados de dulce aroma a violetas y artemisas, en un sitio apacible en el que se escucha el coro zumbón de las abejas y el trino de los pájaros, pero sólo ve rocas abruptas que descienden a una cala lamida por las olas y oye el graznido de las gaviotas que planean sobre el mar.
A lo lejos, caminando por la playa, se acerca una figura femenina acompañada de tres perros. La reconoce enseguida por el ligero renqueo y nota la sangre galopar bajo su piel sin dejarlo pensar con serenidad. Deja de sonreír y sólo queda su tristeza.
Recuerda cuando paseaban bajo la lluvia intentando hallar un guijarro liso o una bonita caracola y recuerda también el rostro de la muchacha, húmedo de lluvia, bajo las gotas que caían sistemáticamente sobre la arena de dunas amarillentas.
Daba gusto caminar bajo ese ritmo susurrante, mirando las encharcadas huellas de sus pies, sintiéndose los amos de la lluvia y del mundo.
En las noches de luna, se sentaban en uno de los malecones y escuchaban golpear las olas contra la pared de piedra. A veces miraban el mar y otras veces, de espaldas, contemplaban el desconcertante paisaje de la aldea confundiendo el pestañeo de las luces en las ventanas con aturdidas y brillantes luciérnagas.
Eran noches agradables. La oscuridad los redeaba en un abrazo tan protector como el de los espigones que abrazaban el puerto. Ella le preguntaba:
-¿Y si la luna fuese un queso? ¿Y si el mar fuera chocolate deshecho...?
Cuando las nubes surcaban el cielo ocultando la luna, ella decía:
-Ves, los ratones se comen el queso...
El mar abofeteaba los postes del muelle y el viento soplaba desde el agua, con un ligero resuello, susurrando palabras invisibles. Era como un hechizo.
Pero ya no existe nada mágico entre ellos. El hechizo se ha roto y sólo le queda soñar con ella, sentada a su lado, mirando el fuego del hogar, un fuego breve de piñas y pinaza, mientras él fuma una cachimba olorosa y la lluvia bate sobre los cristales.
La realidad se impone como niebla que avanza lentamente y la lluvia que ha seguido cayendo y llenando las huellas de sus pies hasta borrarlas.
Con los ojos ardientes, doloridos y cansados, llenos de pensamientos melancólicos, el muchacho piensa, por un instante, sumergirse en lo más profundo y verde del fondo marino hasta que desaparezca, por encima de él, el susurro rítmico de la lluvia. Entonces, los ojos no le dolerán, estarán fríos y dormidos.
Sobre la playa empezará otro día.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Luna de cristal



Ese es el título de mi primer libro, editado en 1995. Lo escribí en "Aula de Lletres", donde cursé estudios de Técnica y Escritura Literaria.


Este libro de poemas y relatos cortos significa mucho para mí. Quizá en él falte técnica y experiencia de la vida, pero creo que por aquel entonces yo exponía mis sentimientos de una manera más espontánea. Eso no quiere decir que crea que ahora escribo más artificialmente porque siempre me ha gustado utilizar palabras sencillas en mis escritos, sino que una aprende a disfrazar un poco su manera de sentir y las verdades. Creo que en el fondo, y aunque todos nos preciamos de ser sinceros y de que nos gusta la verdad, en realidad ésta a veces hace daño, y he comprobado que las "mentiras piadosas" y "bien elaboradas" tienen más aceptación entre los seres humanos que la verdad propiamente dicha. Claro que, ésta por supuesto es sólo una opinión personal.
He cambiado tanto, en estos años... Sí, sí, esa chica de la foto soy yo hace unos trece años, pero ya se sabe: "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos..." (no sé quién dijo eso, pero no es mío).
Aquí dejo un poema del libro, es como si hubiese adivinado cómo me sentiría ahora. Se titula "Lejanía"
Mis manos han cambiado en unos años
y el pelo se me ha puesto ceniciento.
Mis ojos están turbios por el llanto
y el corazón se me quedó pequeño.
La vida le pudo a mi ilusión,
la prisa a mis ideas.
Del amor, entonces, ya no hablemos,
pues aunque existe aún,
no llena, no acompaña,
sólo ayuda a adormecer el alma,
porque una noche sola,
y otra noche, hacen que yo
me vaya deshaciendo.
Me importa más que mi alma
no esté sola, mucho más que esté solo
mi cuerpo. Porque puedo pasar
las noches sin tus brazos,
pero no sin tu voz, ni tus silencios.
Que los cuerpos se mueren
y algún día entenderás, tal vez,
lo que yo siento.
Esta noche escucharé tu voz,
aquí, en mi oído.
Tan cerca y tan lejana...
¿Qué son unos minutos en un día?
Siempre te digo que no quiero tener
cosas... Cuando muera, voy a morir
con lo que lleve puesto
y aún es mucho, demasiado.
Cuando nací no tenía nada,
sólo sueños.
Voy a dormirme ya, tengo cansada el alma.
Tu voz no me acompaña suficiente.
¡Hola y adiós...! Mejor me duermo.
Mañana te veré otra vez,
pero se nos habrá escapado el día.
Un día menos de amor
y uno más de soledad.
Siento necesidad de respirar
profundamente, de oler tierra mojada
y ver estrellas. Quiero olvidar
la obligación. Quiero romper
las ataduras que yo misma me he puesto,
y correr hacia el sol, hacia el amor,
el mío, el tuyo, el nuestro...
Quiero abrazarte, amor, tan fuerte,
que no pueda el dinero separarnos.
Yo soy mujer de amor y no de cosas,
y soy mujer de espíritu,
más que mujer de cuerpo.