miércoles, 21 de abril de 2010

Manjar de ratas...

MANJAR DE RATAS

Al entrar las ratas corrieron en tropel, tropezando unas con otras, armando una algarabía de mil diablos. Había dejado unas latas abiertas de erizos y algas en conserva de la marca McPerson y Cia. y de ellas no quedaban ni las etiquetas.

Encontré a Alicia en la habitación presa de un ataque de histeria. Continuaba amarrada con las cadenas a los barrotes de su cama─jaula y mostraba sus muñecas señaladas por las mordeduras de los insaciables roedores mientras agitaba los brazos aprisionados. Estaba completamente desnuda, como la dejé, pero tan sucia y estropeada que resultaba imposible que aquella amalgama de carne renegrida por la mugre ejerciera algún tipo de reclamo sexual.

Había dejado de amarla hacía casi cuatro años, cuando la sorprendí con un replicante de la serie G3000 al que despaché de un certero disparo en aquella misma cama que le servía ahora de jaula, una bala que estuvo a punto de matarla a ella, que se detuvo justo donde empezaba su cuerpo. Hube de retirar aquel pesado robot de carne y hueso, que perdía todos sus fluidos, de encima de ella. Desde ese día la condené a permanecer esposada a los barrotes y no me movían a piedad sus lamentos nocturnos ni me seducían sus grotescas muecas sexuales con las que intentaba embaucarme de nuevo. Ella había muerto para mí desde aquel preciso momento que yo tenía congelado en la retina y me volvía una y otra vez para enfurecerme cuando el dolor de muelas crónico me desvelaba por las noches. Alicia había preferido los halagos mecánicos de un robot que toda mi imperfecta humanidad. ¡Qué decepción que las máquinas nos suplantaran hasta en eso!

─ Las ratas, otra vez las ratas. ¡Acabarán devorándome! ¡Suéltame, por favor!

La voz seguía siendo la misma, no se había deteriorado. Una voz suave, de canto de sirena, en consonancia con su cuerpo redondeado y sensual.

─ No te mereces otra cosa, perra sarnosa ─ le respondí, mirando su cara renegrida, el cabello pastoso y apelmazado, antaño rubio, y los mullidos labios, ahora agrietados.

La despensa ofrecía un aspecto desolador. Las ratas habían atacado con sus dientes un tubo de plomo y el agua chorreaba sobre los alimentos inservibles y cubiertos de moho. Cuatro o cinco animalejos huyeron ante mi presencia. Menos mal. Hasta ahora había conseguido imponerme y me tenían miedo, aunque cada vez se volvían más osados, y más inteligentes: ya no caían en las trampas, lo devoraban todo y se engordaban con los raticidas.

Últimamente había observado en el comportamiento de los roedores una serie de síntomas que comenzaban a alarmarme. Las ratas se habían vuelto más confiadas, más seguras de si mismas, y aparecían incluso a plena luz del día, no huían cuando encendía los interruptores. Las mordeduras de las muñecas de Alicia así lo atestiguaban.

Comencé a mordisquear un trozo de queso, pero lo lancé lejos de mí al comprobar su desagradable sabor amargo, su aspecto verdoso que le otorgaban sus múltiples floraciones mohosas y la colonia de repulsivos gusanos blancos que albergaba.

Una docena larga de ratas, saliendo de todos los rincones, se abalanzaron con agudos chillidos sobre el despojo que había tirado al suelo y, en pocos segundos, lo devoraron. Estaban hambrientas. Ahora me observaban desde la semipenumbra y sus ojillos rojos y enloquecidos brillaban como pequeños soles agónicos.

─ Tim, Tim. ¡Suéltame, por favor! ─ rogó de nuevo Alicia, agitando las cadenas.

─ No, mi pequeña puta, no te soltaré.

Debía marchar. La casa se hundía como un barco en naufragio. El agua rezumaba de las tuberías gota a gota, encharcaba el suelo, lo corrompía todo, y las ratas, entre toda aquella suciedad y desorden, estaban cada vez más excitadas en la irreversible conquista del territorio.

─ Tim, tengo hambre. Quiero comer.

─ Calla, perra.

─ Tim, quiero comer ─ imploró ─. Dame algo de comer y luego hacemos el amor, como antes.

─ Antes morirme que hacer el amor contigo, especie de puta. No dirías esas cosas si te miraras al espejo. Eres un despojo lamentable y hediondo.

Cogí los pocos objetos de valor que quedaban allí, una edición de “Bajo el volcán” de Malcom Lowry, un vídeo de “2001” de Kubrick y una antiquísima peonza que había pertenecido a mi tatarabuelo, y marché de la casa cuando los ruidos de las patas de lo voraces roedores se multiplicaban y por todos los rincones asomaban sus pérfidos ojos rojizos.

─ ¿Adónde vas, Tim? ¿Me vas a comprar una hamburguesa? La quiero con queso fundido negro, por favor, y una jarra de cerveza muy fría. Y luego te haré el amor si es que me acuerdo de cómo se hace. ¡Sobre todo con queso fundido, grandísimo hijo de puta! ─ acabó chillando cuando cerré la puerta y di dos vueltas a la llave.

Cuando regresé, al cabo de quince días, no quedaba ni rastro de las ratas y la casa hasta parecía limpia de lo voraces que habían sido devorándolo todo. De Alicia sólo quedaban los huesos blancos apresados por las argollas a las patas de la cama y su lengua renegrida, asomando entre las mandíbulas descarnadas de su perfecta calavera, manjar que incomprensiblemente habían desdeñado los roedores.

¿Por qué la lengua no?, me pregunté, mientras me sentaba delante de sus despojos y prendía un cigarrillo. Me acerqué a ella y tomé el apéndice con cuidado de entre sus mandíbulas. No parecía carne, sino suela de zapato. Sólo al darle la vuelta descubrí el número de serie grabado en un extremo: K8000. No compraría nunca más una K8000, que siempre se convertían en infieles y promiscuas pasados los dos primeros años, me inclinaría, la próxima vez, por el modelo W3452, aniñadas y sumisas. Y tiré la lengua, junto con los despojos. Y me alejé, con andar pausado, por el camino memorizado durante tantos años, mientras me palpaba, bajo la axila, mi número de serie y mi fecha de caducidad y eso me tranquilizaba. Tenía cuerda hasta el 3000.

Este relato forma parte del libro: La mujer ígnea y otros relatos oscuros. (Neverland,2010)

José Luís Muñoz


José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) Ha publicado 29 libros, entre novelas y relatos, ha escrito reportajes para revistas de viajes y artículos de opinión para la prensa diaria. Ha ganado, entre otros premios, el Tigre Juan, Azorín, La Sonrisa Vertical, Café Gijón y Camilo José Cela. Sus ultimas novelas son La caraqueña del Maní, El mal absoluto y El corazón de Yacaré. Con La Frontera Sur (Almuzara, 2010) ha conseguido el IV Premio Internacional de Novela Negra Ciudad de Carmona.

2 comentarios:

LA SOLEDAD DEL CORREDOR DE FONDO dijo...

Gracias, Inma, por publicar mi relato. ¿Puedes poner que forma parte del libro de relatos LA MUJER IGNEA Y OTROS RELATOS OSCUROS (Neverland, 2010). Gracias
José Luis

Sílice dijo...

Por supuesto, José Luis. Ahí lo pongo. Un abrazo.